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Escritas por Alberto Farias Mendoza. Chapinero cordial y chusco![]() Nada más grato para mí que sentarme en la tranquilidad y el silencio de mi pequeña biblioteca, a rememorar la historia de Chapinero del Chapinero que conocí, que era un pequeño barrio amable de Bogotá, lleno de tradiciones. Todavía sobrevivimos un puñado de personas que bebimos con los primeros sorbos de leche, el cariño a esas calles anchas y polvorientas que vieron pasar, fugazmente, nuestra niñez. Plácida, holgada y consentida vida de niños bien, que crecimos a la sombra de las enseñanzas del hogar, de la religión y del respeto a nuestros semejantes. Es conveniente traer y difundir estos recuerdos y las lecturas que los complementan, porque no se puede olvidar el pasado, al que estamos vinculados por los años de formación que estructuraron nuestra personalidad, mientras que, de manera paralela, se construía y ensanchaba la gran ciudad, hasta convertirse en la inmensa urbe en que hoy vivimos. La pequeña aldea, pues era eso, más que un barrio, por su separación geográfica con la ciudad, tenía su propia vida. Como todo pueblo de la fértil sabana, crecía alrededor de su plaza, su parque, su iglesia, su teatro y su estación del tren. Dándole vida a todo esto vivía un puñado de gentes que se conocían, se complementaban y alimentaban a las viejas chismosas del pueblo con pequeños y sabrosos incidentes de la vida diaria. Una existencia cordial y chusca, como diríamos en coloquial charla a la salida de la misa. Muchos de nosotros vivíamos en "quintas", como llamábamos nuestras viviendas, que no obstante tenían alguna semejanza con las viejas casonas de las épocas virreinales, con su jardín delantero, protegido por una verja, dos salas, el cuarto del piano, según la importancia de la casa; amplias y frías habitaciones, patio y solar con árboles frutales, hierbas medicinales, como las indispensables yerbabuena y la manzanilla y algo de lengüevaca, el arboloco y la mata de calabaza, a la sombra del brevo y del papayuelo. En un rincón, amarrado con su cadena, el perro de la familia. O, mejor llamémoslo por su nombre: el fiel gozque. Bogotá y Chapinero eran dos poblados diferentes, unidos por un mal camino, polvoriento y lleno de huecos, que llamábamos la carretera del norte; por un tren, con estación, vendedoras de comida y demás adornos, que conducía a las poblaciones del norte de la sabana y a Boyacá y el tranvía, la forma más corriente de comunicación, de la cual hablaremos más adelante. "Íbamos a Bogotá o veníamos del centro", eran las maneras de referirnos a la ciudad, que en nuestras mentes era un conglomerado diferente del cual dependíamos para satisfacer muchas de nuestras necesidades. Pero Ies propongo que dejemos colgado en el paragüero, a la entrada, después del zaguán, todos estos recuerdos y reminiscencias y adentrémonos un poco, lo más que podamos, en la historia del villorio. Lo que tenemos que saber y qué relatarles a ustedes es por qué, cuándo y dónde, apareció Chapinero; cómo fue creciendo y satisfaciendo sus necesidades y anhelos de ser autosuficiente. Cómo se formaron sus gentes que llenarían colegios y universidades, para llagar con el tiempo, a destacarse entre los forjadores de patria. Y de qué manera fueron creciendo sus calles, plazas, avenidas, integrándose con la gran ciudad, hasta el punto de perder su identidad, para convertirse en uno más de los mil y pico de barrios de Bogotá. Eso sí, el de más solera, el más tradicional, incrustado -como está- en la historia de nuestra Santafé‚ de Bogotá de los pasados siglos. Pero, ese es otro cuento que Iniciaremos la semana entrante , con el anhelo de revivir en muchos chapinerunos el recuerdo de su niñez y para contarle al resto de la gente por qué queremos‚ tanto el viejo barrio. Eso, para quienes, amablemente, nos quieran seguir. |
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| Música: Margaritas (Pasillo de Emilio Murillo) Secuencia original y exclusiva de Jorge Villamizar | |